A veces, las historias nacen de los momentos más insospechados. Harto de tanto brexit parriba, brexit pabajo en todos los telediarios, periódicos y radios, terminé escribiendo esta historia al más puro estilo de los tradicionales machotes ibéricos de playa. Y, claro, con el nivelazo de inglés que siempre hemos disfrutado los españolitos de a pie, compuse este relato, siempre desde el humor más sano, o insano, según se mire, porque el humor, ya se sabe, tiene que intentar saltar las barreras de la dictadura de lo políticamente correcto. Por ello, si consideráis, que después de todo, he sido correcto, os pido mil disculpas.
THE BREXIT GIRL
Mi vista no podía apartarse de la diosa que emergía en esos momentos de entre las olas de un mar lleno de matices verdes, azules y turquesas. Podría ser la mismísima hija de Poseidón. El mundo se paró a mi alrededor mientras la veía acercarse a la orilla. Solo me venía una palabra a la mente para describirla: perfecta, casi mitológica; tanto que casi me decepcioné al ver que tenía piernas.
Pasó a mi lado, como si yo no existiera para ella, mientras que para mí fue el mundo lo que dejó de existir. Desde ese momento, no tenía más objetivo que conquistarla. Lo primero era informarse. Así que, cuando la vi acercarse al chiringuito a pedir un refrigerio, allí que estaba yo, disimuladamente, pegando oreja. ¡Cago en mi sombra! Mi diosa es guiri, de la Gran Bretaña por lo que me dijo luego el camarero. “Cambio de estrategia”, pensé: poner todas las poses toreras posibles y recordar el inglés que aprendí haciéndome chuletas para los exámenes.
Con un par de cervezas en el cuerpo y otra en la mano, me acerqué y pregunté:
—Guat de taim yu jav? —o al menos así sonaba.
—Yormoderfacar —es lo que entendí yo, que, más o menos, debe significar que son las dos y media, que lo había mirado de reojo en el móvil.
—Zenquiu —solté a modo de despedida y me fui con la sensación de que esto era el comienzo de algo importante.
Durante una semana tuvimos conversaciones parecidas. De hecho, me pregunto por qué siempre me decía que son las dos y media, con independencia de lo que yo le preguntara. “Debo apuntarme a una academia”, me propuse.
Cuando ya tenía la sensación de que nuestra relación hispano-británica no avanzaba al ritmo que yo esperaba —claro, con tanto telediario dando la tabarra de que los guiris se van de Europa—, una noche, en la disco, cuando yo estaba marcándome un dancing, se me acercó ella, con ese pelazo rubio, taladrándome con su mirada. Se me acopló como si hubieran puesto las lentas. El cuerpo me temblaba. Ella me besó. Casi me desmayo. La diosa era mía. ¡Gracias, Poseidón! No sabía cómo pedirle que nos fuéramos a otro lugar, uno más tranquilo, donde amarla hasta el amanecer; pero, por desgracia, mi inglés no daba para más. Al final, una simple mirada bastó para entendernos. Fuimos a su hotel. Nos abrazamos y nos desnudamos el uno al otro casi con ansiedad. No sé a qué conjunción planetaria, a qué dioses del Olimpo o a qué droga de diseño le debía esto, pero allí estábamos y no lo iba a desperdiciar con preguntas inútiles..
Estando en el apogeo de la pasión, consumamos, porque, al fin y al cabo, ese fue desde el principio mi objetivo. Y cuando pareces que vas a tocar el cielo, alcanzar la gloria, cumplir tu sueño..., le mente te juega una mala pasada. Me invadió la extraña idea de que mi inestimable e inseparable compañero de abajo estaba, en esos momentos, fuera de Europa. Menos mal, que su pequeño cerebro llevó en todo momento la voz cantante, así que, otra vez dentro de Europa, luego fuera de Europa, dentro de Europa, fuera de Europa, dentro de Europa, fuera de Europa, dentro, fuera, dentro, fuera… OH MY GOD!!!

Qué cómico eres!!!
ResponderBorrar