Este relato lo escribí con motivo de una final de la Eurocopa pero, para leerla, es mejor hacerlo simultáneamente a la reproducción del vídeo. Bueno, ya me contáis.
Un sentimiento que no se puede explicar
Hacía poco que habíamos tomado la decisión de nuestra vida. En septiembre sonarían campanas de boda. Pero ahora había que hacer las cosas bien. Seis meses atrás había reservado en el restaurante de moda. Era consciente de que pedir la mano de Montse a sus padres era una costumbre extinta, pero yo, Gustavo Pineda, quería hacer las cosas como Dios manda. A las nueve y media estaba reservada una mesa junto a uno de los ventanales. ¡Cuánta previsión y qué poco acierto! ¿No habría podido escoger otro día? Pues no, ahí estábamos, Monste, los padres de ambos y yo. Veintiocho de mayo de dos mil dieciséis, el día más especial de mi vida, en un restaurante, en un restaurante sin tele, me lamentaba. ¡Qué manera de sufrir! ¡Qué manera de palmar! ¡Qué manera de vivir!
«El móvil, eso, el móvil, pondré una alarma», pensé mientras le ofrecía asiento a Montse.
—Gracias, Gus —me dijo mostrando una amplia sonrisa.
—Te conozco bien, hijo, te veo nervioso. No te preocupes, todo saldrá perfecto —me animó mi padre con discreción.
—No, papá, cómo va a salir bien, mi corazón no está del todo aquí.
—Lo sé, lo sé, nunca creímos que íbamos a vivir este momento, pero Montse se merece tenerte con ella hoy, al cien por cien.
Miraba a mi alrededor. Mi suegro, en frente, se había colgado la servilleta bien apretada entre su piel y el cuello de la camisa. Mi santa suegra colocaba el bolso en el respaldo de la silla. Mis padres hablaban animadamente entre ellos y Montse seguía con esa sonrisa perenne que se había instalado esa noche en su cara. Y yo, sumido en ese estado de nervios que se tiene cuando se carece del don de la ubicuidad.
Mientras leíamos la carta con un sinfín de platos mastercheff, en la ciudad italiana de Milán, el árbitro daba comienzo al encuentro. ¡Qué manera de sufrir! ¡Qué manera de subir y bajar de las nubes! Necesitaba moverme, expresar mis sentimientos, gritar, compartir emociones, cervezas, abrazos, decepciones, lágrimas... Pero, para ello, no estaba en el restaurante correcto ni con la compañía adecuada. Era una noche para los amigotes.
El primer plato llegó en la bandeja de un camarero de cuyo bolsillo colgaba un llavero con los colores del atleti. Lo miré sorprendido a los ojos y me devolvió una sonrisa cómplice. Ya se cumplían los treinta minutos cuando un grito de la multitud traspasó el cristal del ventanal simultaneado con una vibración que retumbó en mi muslo derecho. Hice el gesto de extraer el iphone del bolsillo, pero una mirada incisiva de mi futura suegra me hizo desistir. Los nervios me atenazaban. ¿Quiénes gritaron, los míos, los sufridos rojiblancos o los merengues? Me vino a la cabeza el mazazo que supuso el gol de Ramos del minuto 93 en aquella final. ¡Qué manera de sufrir! ¡Qué manera de palmar!
Miré desesperado de un lado a otro. «Tranquilo, tranquilo», me decía una y otra vez, partido a partido, ahora a cenar, esta noche es para Montse, mañana lo celebraremos o lloraremos una vez más. Otro grito en el 44. Cada vez me costaba más trabajo contenerme. Llegó el descanso, al servicio, mirar el móvil, ¡coño, cagoenlaputa, empate a uno! Volver a la mesa. ¡Qué manera de morir!
Comenzó el segundo tiempo, el postre, coulant relleno de chocolate y mi ya amigo camarero y colchonero me miró, sufrimos. «Quiero que termine ya, la cena, el partido, no sé», pensé. No podía más. El tiempo pasaba, el infierno se hacía eterno. El crono corría y yo necesitaba saber. Buscaba su mirada, algún gesto que me diera alguna pista. Lo vi sirviendo vino en otra mesa. Le temblaba el pulso. Me miró de soslayo. Cerró sus ojos y volvió abrirlos en un gesto de resignación. Comprendí que el sufrimiento continuaría, como siempre, hasta el final. Minutos 89, uno a uno, se va a joder, seguro, como siempre. Montse, ¡coño! deja de sonreír. Tiembla Madrid, vibra el cristal, revienta el ambiente. Llega la alegría de unos y la rabia de otros, pero, ¿de quiénes? Me retorcía, las piernas me temblaban, el corazón me salía por la boca, las pupilas se dilataron, ¿Montse sonríe o le han estirado demasiado el moño? ¡Qué manera de aguantar! ¡Qué manera de sufrir! ¡Qué manera de palmar! Lo miré, se tocó el llavero, llevaba un auricular, apretó su puño, sonrió, miró al cielo, mi camarero, mi amigo colchonero. Sus ojos reflejaron la felicidad de haber alcanzado el paraíso. Lo entendí todo, de golpe. ¡Qué manera de aguantar! ¡Qué manera de sufrir! ¡Qué manera de vencer! ¡Qué manera de subir y bajar de la nubes! ¡Qué manera de viajar a la gloria gritando! ¡Qué viva mi Atleti de Madrid!
Abrí los ojos, todos nos miraban en silencio. Manolo, mi camarero colchonero y yo estábamos abrazados, llorando de alegría. El día más feliz de nuestras vidas. Montse había dejado de sonreír, lo comprendió de golpe. El futuro no tendría todos los domingos y, quizás, tampoco todos los miércoles.
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